
Cuando uno avanza en la vida va descubriendo que son muy pocas las cosas que valen la pena realmente. He descubierto que, para mí, tener paz en mi mente, corazón y espíritu es vital. He logrado relacionar la paz con la felicidad.
Uno de los objetivos que persigue cada ser humano es ser feliz, pero está claro que en este mundo globalizado el sobrevivir se ha hecho vital. Hoy casi estamos entregándonos al concepto básico del Darwinismo y su teoría evolutiva: la sobrevivencia del más fuerte.
Claro está que si vivimos dentro de este sistema, nos convenceremos de que es la única manera de lograr algo y me parece que es bastante estresante pensar que pronto vendrá un pez más grande que me digerirá por ser más pequeño. Si nosotros queremos vivir en paz y ser felices deberíamos dejar de tratar de sobrevivir para comenzar a vivir. Pero ¿cuál es la diferencia entre vivir y sobrevivir?
Imaginen su lugar ideal. Puede ser la playa, la montaña o el campo. Ahora imagínese acompañado por la persona a la que le ha entregado su vida, su esposo o esposa, novio o novia y, si los tiene, agregue sin duda a sus hijos. Sumemos a este sueño imaginario que están disfrutando de la actividad favorita, una cena, un karaoke o una excursión. Estoy seguro que, en la medida que comienza a echar a volar su imaginación, una sonrisa puede aflorar en su boca.
Obviamente, el imaginarse en situaciones idílicas u oníricas, hace pensar en la vida que queremos tener. Cuantas veces nos hemos dicho: “todo sería tan distinto si…”. El problema nace cuando miramos a nuestro alrededor y nos damos cuenta que de ideal, nuestra vida, no tiene mucho.
Un horario inflexible de trabajo, sueldos que nunca son los que nos merecemos sino que están muy por debajo de lo que se siente que debería ser y que nunca alcanza para cubrir todas nuestras necesidades, jefes que siempre tienen más defectos que virtudes, un perro que ensucia más de lo debería, en fin… un sinnúmero de elementos que hacen que nuestra existencia sea más una carga que un placer. Nos damos cuenta que estamos sobreviviendo.
Ahora, ¿cómo podríamos solucionar esto? Mi camino fue el siguiente (les insto a encontrar el suyo): traje a mi vida el placer de vivir. Si, sé que suena extraño, pero no lo es tanto. El encontrar lo positivo en cada una de las cosas que hago, el tomar conciencia de que nada es al azar ni que tampoco es más o menos importante que otra cosa, el agradecer cada gesto amable que recibo así como el perdonar cada ofensa, entre otras cosas más, me han entregado una paz al momento de dormir que nunca antes había sentido.
Claro que, a esto debo sumar mi constante lucha por mantenerme unido a Dios en mi condición de pecador y de egocéntrico.
Pareciera, en principio, que lo que estoy escribiendo no tiene relación con la temática que he abordado en este blog, pero créanme, si tiene mucho que ver.
La respuesta que he encontrado en mis constantes cuestionamientos tiene que ver con la calidad de vida. Así es, calidad de vida. Ustedes coincidirán que con lo acelerado y competitivo que está siendo este mundo, es muy fácil creer que la calidad de vida es directamente proporcional a cuantas cosas tienes, a obtener un alto sueldo en el trabajo o tener un buen status en la sociedad.
En realidad, la calidad de vida, para mi, Andrés Fuenzalida Cobos, tiene más que ver con cuanto disfrutas lo que tienes, sea mucho o poco.
Es por ello que, ya planteado que el amor es un principio que se establece como una línea central a seguir, la calidad de vida sería la capacidad del ser humano de disfrutar de las relaciones humanas por sobre el placer que proporcionan los bienes materiales.
No estoy diciendo con esto que tener comodidades sea algo incorrecto, pero si que priorizarlas por sobre un relacionamiento es nocivo.
Hoy es muy fácil hoy conocer casos de hijos que se encuentran solos en sus casas, encerrados en sus dormitorios con la niñera moderna, la televisión o – en su defecto – el computador. Situación que a veces se hace incontrolable para los padres, pero que no es resultado del azar o algo que pase de un día para otro. Los psicólogos y psicopedagogos ya llevan un tiempo hablando de “tiempo de calidad” a los padres, sobre todo de los llamados “niños problemas”.
Haciendo extrapolaciones, podemos usar esta visión para ir entendiendo un poco más el mundo que nos rodea. Matrimonios que fracasan no sólo porque el marido o la mujer dedican mucho tiempo a su trabajo, sino que también vemos que buscan la mayor cantidad de relaciones por sobre la calidad de una bien sólida. No cabe duda que hoy hablar de adulterio es cada vez más común, socialmente aceptado y, más aún, estimulado.
La fragilidad de las relaciones de enamoramiento, noviazgo o pololeo se hace latente. Junto con la iniciación en la vida sexual de los adolescentes a una edad cada vez más temprana y, por ello, inmadura, resalta el hecho que toman los relacionamientos con sus pares, ya sean hombres o mujeres, como algo no importante. Hablar de fidelidad adolescente, hoy, es casi como hacer una broma de mal gusto.
El mundo, la sociedad toda, ha transgredido los principios fundamentales, los cimientos morales básicos de convivencia. Como cristiano debo decir que, más allá de la religión o doctrina que se profesa, todos conocemos – o deberíamos conocer – cuales son las líneas de acción básicas para tener una vida en paz, es decir, conseguir la felicidad.
Me refiero a lo que está escrito en
Si hacen un estudio de dos o tres lecturas detenidas, se podrán dar cuenta que los principios estipulados en esta parte de
Hemos hablado en las publicaciones anteriores de los tres tipos de amor, el paternal, el de hermanos y el de pareja. Asociemos estos conceptos al de calidad de vida y démosle una perspectiva distinta, viendo como línea central y transversal al amor como principio y no como algo variable dependiente de cuan estimulados o no estén nuestros sentidos o pasiones y, de esta maneta podremos encontrar un padrón de vida distinto al que tantas veces nos ha fracasado, para que, este hecho por si sólo, nos pueda mostrar el verdadero camino a la felicidad.

















